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¿Por qué un Dios omnipotente necesitaría ajustar el universo?

El ajuste fino del universo es uno de los descubrimientos más intrigantes de la física y la cosmología modernas. La observación de que constantes físicas fundamentales —como la constante cosmológica, la gravedad o la masa de las partículas elementales— están calibradas en rangos infinitesimalmente estrechos para permitir la existencia de vida inteligente ha posicionado con fuerza a la teología natural a través del argumento del ajuste fino.

A partir de esta observación, el argumento concluye que una coincidencia de tal magnitud es extremadamente improbable si se asume que esos valores se fijaron puramente por azar. Por el contrario, resulta mucho más plausible que el ajuste fino requiera una explicación personal, inteligente y omnipotente —o bien conocido como Dios.

Ante ello surge una inquietud: si Dios es omnipotente, ¿por qué necesitaría un universo con leyes físicas tan precisas para que exista vida? Podría crearla en cualquier universo o, incluso, sostenerla mediante intervenciones milagrosas en uno que fuera hostil para ella.

La dificultad está en que, si necesita ajustar las constantes físicas dentro de rangos muy estrechos, parecería estar sujeto a ciertas condiciones externas. Y si puede intervenir continuamente para sostener la vida, entonces el argumento de ajuste fino perdería credibilidad.

En este artículo pretendo demostrar que estas quejas parten de un error metodológico idéntico: asumen una caricatura de la omnipotencia que la reduce a un acto banal de creación, como si se tratara de un truco de magia. Además, mostraré cómo el ajuste fino no limita el poder divino; al contrario, es el requisito indispensable para dar origen a un universo independiente y con sentido propio.

¿Dios tiene restricciones?

Desde el teísmo, afirmo que Dios existe y que es un ser personal, es decir, un individuo cuya capacidad y eficacia causal exceden las de los seres humanos. Mientras que el conjunto de acciones que Dios puede realizar es indefinidamente amplio, el de los seres humanos es acotado. Esta diferencia se explica por las restricciones ontológicas que afectan el ejercicio de las facultades cognitivas y corporales de los seres humanos. Por ejemplo, los humanos no podríamos hacer una copia física y mental de nosotros mismos en virtud de que contamos con un cuerpo — una masa que es afectada por las leyes de la física — y un conocimiento restringido sobre lo que constituye una copia física y mental de nosotros mismos. Incluso si un genio como Nikola Tesla construyera una máquina para realizar estas copias, el ser humano seguiría sin poseer la eficacia causal directa para hacerlo por sí mismo; seguiría dependiendo de mecanismos externos, limitados a su vez por las leyes físicas, y continuaría sin comprender el conocimiento absoluto detrás del proceso.

Además, el teísmo sostiene que Dios no tiene un cuerpo y es omnisciente, por lo tanto, esta entidad no tiene restricciones con respecto a realizar cualquier acción lógicamente posible sobre la realidad física. Dios no podría hacer que ‘2+2=5’ o que exista un ‘círculo cuadrado’, ya que ‘2+2=5’ o ‘círculo cuadrado’ solo es una combinación de factores o variables absurda y es que, en realidad, lo que es lógicamente imposible no puede tener ser traído a la existencia.

Más interesantes son las preguntas de orden metafísico: ¿Dios podría crear un mundo que contenga un infinito causal? ¿Podría crear un mundo en el que el agua no sea H₂O? O incluso, ¿podría hacer que una persona esté en dos lugares al mismo tiempo? Estas preguntas nos llevan a un nivel distinto de imposibilidad, pues representan un reto diferente. No implican necesariamente una contradicción estricta entre términos, sino una posible ruptura de los principios fundamentales de la realidad. Aquí las restricciones no recaen sobre el agente, sino sobre la naturaleza de las cosas mismas. Las imposibilidades metafísicas no son un defecto del poder del Creador, sino un límite de lo que puede ser actualizado.

Al comprender esto podemos formalizar la ausencia de restricciones divinas sobre todo lo que sí es posible. Podría verse de la siguiente forma:

  1. Un agente está sujeto a restricciones en su capacidad causal sobre realidades físicas metafísicamente posibles únicamente si posee una naturaleza material o un conocimiento finito.
  2. Dios, por definición, carece de naturaleza material (no tiene cuerpo) y no tiene un conocimiento finito (es omnisciente).
  3. Por lo tanto, la capacidad causal de Dios sobre cualquier realidad física metafísicamente posible carece de restricciones.

Muchos podrían objetar que, si consideramos verdadera esta primera premisa, Dios podría traer a la existencia un mundo en el que la única constante fuera el sufrimiento extremo y sin propósito de seres conscientes e inteligentes. ¿Es este un universo metafísicamente posible? Digamos que sí. En ese caso, Dios podría materializarlo. Sin embargo, algunos teístas señalarían la tensión entre este escenario y la naturaleza perfectamente buena de Dios.

Por eso, conviene distinguir entre la intención de Dios de realizar un mundo y su capacidad para hacerlo. Efectivamente, Dios podría realizar un mundo de este tipo, pero podría abstenerse de hacerlo precisamente porque su voluntad no se dirige hacia ese resultado. Dado que este silogismo evalúa estrictamente la capacidad causal y no la disposición moral, la premisa se mantiene intacta.

Otros podrían objetar la segunda premisa, ya sea desde narrativas distintas a las del teísmo clásico, como el panenteísmo o el teísmo neoclásico, alegando que Dios podría disponer de una naturaleza material por su superposición con el universo. Incluso podría hacerse alusión a la posibilidad metafísica de un infinito actual para rebatir esta premisa. Considero que son formas válidas de dudar del argumento y, al mismo tiempo, señalar que tanto la discusión de los modelos de Dios como la del infinito actual es material de otra mesa.

Ahora bien, ¡hemos sobrevivido a la omnipotencia de Dios! Pero volvamos al quid de la cuestión: el argumento del ajuste fino, así que seamos claros: haber establecido la capacidad causal de Dios no cierra la discusión, sino que sirve como un necesario preludio para abordar los ataques que expondré a continuación — donde las cosas se ponen interesantes. Los críticos han encontrado una forma particularmente incómoda de jugar con la omnipotencia divina: utilizarla, precisamente, en contra del argumento.

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El truco de la cerradura

En la película The Prestige (2006), la obsesiva rivalidad entre los magos nos ofrece una intuición interesante sobre el ilusionismo: el método revela, inevitablemente, las limitaciones del artista. Pensemos en el clásico acto de escapismo, donde el mago debe liberar sus muñecas de los mecanismos que lo mantienen atrapado bajo el agua. El público ovaciona su proeza precisamente porque sabe que el artista está sujeto a las irremediables reglas físicas de la asfixia y el acero. Forzar una cerradura es, por definición, el acto de alguien que carece del poder para simplemente desintegrar el metal o atravesar la materia. Es la victoria del ingenio sobre una restricción que no puede eliminar.

Si trasladamos esta lógica al escenario cósmico, podemos entender exactamente el ángulo de los críticos. Para ellos, presentar a un Creador sintonizando meticulosamente las constantes del universo es equivalente a imaginarlo forzando un cerrojo bajo el agua. Argumentan que, si Dios tiene que ‘ajustar’ parámetros físicos, significa que está actuando bajo restricciones preexistentes que no puede suprimir con facilidad.

Partiendo de esta misma intuición — y argumentando literalmente que ‘Dios no fuerza cerraduras’), el filósofo Greg McLauchlin ha establecido el Principio de Poder-Restricción, el cual determina que un agente solo se somete a restricciones tan severas para alcanzar su objetivo si carece del poder para expandir o diluir dichas restricciones. McLauchlin utiliza el ejemplo de un experto en desactivación de bombas que debe cortar cables en una secuencia milimétrica porque no tiene un dispositivo tecnológico que anule la bomba de inmediato. De ahí se sigue una conclusión incómoda: si Dios tuvo que ajustar la constante cosmológica con una precisión extrema, o acertar en un rango infinitesimal de condiciones para que el universo fuera compatible con la vida, entonces parecería que no tenía el poder para crear un universo en el que la vida pudiera surgir bajo condiciones menos restrictivas. Y si necesitaba someterse a semejantes restricciones para alcanzar su objetivo, ¿podemos seguir llamándolo omnipotente?

En aras de entender esta objeción, formalicemos este razonamiento:

  1. Si la capacidad causal de Dios sobre cualquier realidad física metafísicamente posible carece de restricciones, entonces Dios no se somete a restricciones de poder para alcanzar un determinado objetivo.

Sin embargo,

  1. La extrema improbabilidad y especificidad de los parámetros cósmicos observables parecen indicar que el creador del universo operó bajo restricciones de poder para alcanzar el objetivo de producir un universo compatible con la vida.
  2. Por lo tanto, el autor del universo observable no posee una capacidad causal sin restricciones sobre cualquier realidad física metafísicamente posible.

La respuesta a este argumento requiere identificar el punto ciego en la analogía de McLauchlin. La intuición detrás de ‘forzar un cerrojo’ o ‘desactivar una bomba’ presupone que el agente se enfrenta a un sistema preexistente. El técnico suda al cortar los cables, como el mago desespera para forjar la cerradura, precisamente porque su capacidad causal sobre los mecanismos subyacentes es acotada. Se enfrentan a probabilidades ínfimas y a restricciones severas porque operan sobre mecanismos —el circuito o el cerrojo— cuyas reglas físicas les vienen impuestas de antemano.

Al aplicar esta lógica al Creador, la objeción asume erróneamente que los parámetros cósmicos y las probabilidades matemáticas constituyen un marco externo que Dios se vio obligado a sortear y resolver, en lugar de ser el propio sistema que Él decidió instaurar.

Previamente habíamos establecido que la omnipotencia se define como la capacidad causal irrestricta sobre cualquier realidad física metafísicamente posible. Hemos abordado con precisión qué puede y qué no puede hacer Dios, no en términos de incapacidad, sino bajo el marco de las posibilidades lógicas y metafísicas, distinguiendo además entre su intención y su capacidad causal. Este análisis nos lleva a la conclusión de que el ajuste fino del universo no obedece única y estrictamente a la capacidad causal de Dios con respecto a su creación, sino que inevitablemente existe una intención detrás de ella.

Ahora bien, McLauchlin podría intentar rescatar esta premisa acudiendo a la distinción entre el resultado deseado observable y los supuestos motivos inescrutables de Dios. De hecho, su trabajo aborda que el ajuste fino solo permite inferir empíricamente un único objetivo: un universo que permita la vida. Cualquier intento del teísmo por atribuirle a Dios intenciones adicionales para justificar por qué habría elegido someterse a restricciones matemáticas tan severas —tales como el deseo de forjar un entorno moral, racionalmente inteligible o regido por leyes predecibles— debería ser descartado al tratarse de una mera especulación psicológica.

Este movimiento parece haber trazado un cerco metodológico claro: que los esfuerzos desde el teísmo apelen al misterio en lugar de buscar una solución con mayor credibilidad y simplicidad. ¿Por qué tener una explicación más compleja? ¿El teísmo encuentra la necesidad de introducir más variables? ¿Por qué para el autor son intenciones inescrutables? Encuentro una forma de responder a esto: apelar a la simplicidad explicativa no significa reducir el propósito del ajuste fino a la supervivencia biológica más cruda para ‘ahorrar’ intencionalidad divina. En su lugar, al reconocer que variables como la moralidad, la autonomía y la racionalidad están lógicamente imbricadas en el propio concepto de ‘vida inteligente’, es justo ahí donde la intencionalidad divina nos ayuda a brindar una explicación más completa y posiblemente simple de este fenómeno.

Piénsalo de esta forma, un cosmos capaz de albergar agentes morales y biológicamente estables no puede existir en el vacío ontológico de un caos impredecible; requiere, por absoluta necesidad, de una estructura ordenada y ‘matematizable’. Imagina por un momento cómo sería intentar tomar una decisión ética en un universo donde las leyes físicas cambiaran según el azar. Si ves a alguien a punto de caer por un precipicio y decides lanzarle una cuerda, necesitas confiar en que la tensión de esa cuerda y la ley de la gravedad operarán de manera predecible. Si viviéramos en un mundo donde hoy el fuego quema, pero mañana congela, o donde empujar a alguien a veces lo salva y otras veces lo desintegra, la responsabilidad moral desaparecería por completo. Simplemente no puedes ser un agente moral si te es imposible prever las consecuencias de tus acciones; y para preverlas, necesitas identificar relaciones causales estandarizadas.

Sin embargo, el crítico podría concedernos todo lo anterior y aun así insistir: un universo ordenado y predecible no exige que la ventana de parámetros compatibles con la vida sea tan angosta. Un Dios omnipotente podría haber creado leyes igualmente regulares en las que la vida surgiera bajo un amplio margen de variaciones. ¿Por qué entonces elegir un cosmos donde el más mínimo desajuste lo arruinaría todo?

La respuesta exige primero aclarar de qué hablamos cuando decimos que los parámetros son ‘improbables’. Esa improbabilidad se calcula sobre un espacio de valores posibles que no existe con independencia del Creador: es el abanico de alternativas que nosotros imaginamos al variar las constantes de estas leyes, que también son contingentes. Para un agente que no recorre ese espacio a ciegas, sino que lo define, la estrechez del blanco no supone dificultad alguna. Un novelista que construye una trama donde cada detalle encaja con precisión no se somete a una restricción, sino que ejerce su autoría. La precisión solo es costosa para quien opera dentro de reglas ajenas, como el mago bajo el agua. Para quien las escribe, es simplemente una decisión.

Queda la pregunta de por qué tomar esa decisión. Aquí la conexión con la racionalidad que defendimos antes resulta decisiva. Un universo regido por pocas leyes, profundamente interconectadas y matemáticamente elegantes, es por naturaleza un universo sensible: cuando unas cuantas constantes gobiernan desde la química del carbono hasta la formación de las estrellas, cualquier variación se propaga por todo el sistema. La estrechez no sería entonces un obstáculo que Dios tuvo que sortear, sino el reverso de la inteligibilidad. Un cosmos robusto ante cualquier variación probablemente sería uno de leyes más numerosas, más inconexas y menos comprensibles, es decir, un cosmos menos apto para agentes racionales que buscan entenderlo.

Alguien podría objetar que, si la estrechez no representa ninguna dificultad para Dios, el argumento del ajuste fino pierde su fuerza. Pero esto confunde dos perspectivas. La improbabilidad tiene peso probatorio respecto de la hipótesis del azar: bajo un proceso ciego, acertar en una ventana tan estrecha es extraordinariamente improbable. Bajo la hipótesis de un agente que elige, en cambio, es exactamente lo esperable. Esa asimetría es lo que convierte el ajuste fino en evidencia. Lo que resulta casi imposible para el azar es trivial para la intención, y precisamente por eso la intención lo explica mejor.

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El valor de una máquina de Tesla

The Prestige guarda un secreto más (advertencia para quien no la haya visto). Angier le encarga a Nikola Tesla una máquina que crea copias exactas de lo que entra en ella, el mismo ejemplo con el que comenzamos. Con ella obtiene lo que todo mago desea: magia real. Pero su acto nunca se sostiene por sí mismo. Cada noche debe volver a encender la máquina y pagar, en un tanque escondido bajo el escenario, el precio de su prodigio.

Así funciona la segunda objeción, el problema de los milagros de Michael Ikeda & Bill Jefferys (2006). Como la primera, parte de una tesis que el teísta acepta, la omnipotencia, y la vuelve contra él: un Dios omnipotente no necesitaría un universo ajustado, porque podría sostener la vida en uno hostil mediante milagros continuos, como un mago que vuelve al escenario cada noche. Si esto es así, el ajuste fino dejaría de contar como evidencia a favor de Dios. Como lo que está en juego es precisamente qué cuenta como evidencia, conviene formular la objeción con una herramienta pensada para eso: el razonamiento bayesiano.

Su idea central es sencilla. Un dato es evidencia a favor de una hipótesis cuando es más esperable si esa hipótesis es verdadera que si es falsa. Si encuentras huellas de barro en la cocina, son evidencia de que alguien entró con botas sucias, porque serían mucho más esperables en ese caso que si nadie hubiera entrado. No hace falta que las huellas sean seguras bajo esa hipótesis; basta con que sean más probables que bajo la alternativa. (El razonamiento bayesiano también considera cuán plausible era cada hipótesis antes de observar el dato, pero aquí solo nos interesa si el dato cuenta como evidencia.)

Apliquémoslo a nuestro caso. Llamemos E al ajuste fino, T a la hipótesis teísta y A a la hipótesis del azar, y escribamos P (E | T) para «la probabilidad de E suponiendo T». El ajuste fino es evidencia a favor del teísmo si:

P (E | T) > P (E | A)

El argumento del ajuste fino sostiene que P (E | A) es extraordinariamente pequeña: si los parámetros se fijaran al azar, caer en la ventana compatible con la vida sería sumamente improbable. La objeción no discute este punto. Lo que ataca es el otro lado de la desigualdad:

  • Si Dios es omnipotente, puede sostener la vida en un universo hostil mediante intervenciones milagrosas continuas.
  • Por lo tanto, Dios no necesita un universo ajustado para que exista vida.
  • Si Dios no necesita un universo ajustado, no hay razón para esperar uno bajo la hipótesis teísta; es decir, P (E | T) no es mayor que P (E | A).
  • Por lo tanto, el ajuste fino no es evidencia a favor del teísmo.

Concedo las premisas 7 y 8. El problema está en la 9, que confunde necesidad con intención. Que Dios no necesite un universo ajustado no significa que no tenga razones para elegirlo, y P (E | T) depende precisamente de esas razones. Una novelista no necesita escribir en verso; pero si sabemos que ama la poesía, encontrar versos en su novela no nos sorprende.

Además, la objeción carga con una exigencia mayor de lo que parece. Como P (E | A) es extraordinariamente pequeña, no basta con mostrar que Dios podría haber hecho otra cosa: habría que mostrar que prácticamente no tiene razones para elegir un universo como el nuestro. Si las tiene, aunque sean moderadas, la desigualdad se mantiene y el ajuste fino sigue siendo evidencia. La pregunta, entonces, es si Dios tiene buenas razones para preferir un mundo regular a uno sostenido por milagros.

Y por supuesto, las tiene. En cualquier mundo creado, todo depende de Dios para existir. Pero en un mundo regular, las criaturas son además causas reales de ciertos efectos. En el mundo de la objeción, Dios produciría directamente esos efectos, y nada sucedería en virtud de causas creadas estables. La cuerda que lanzas al que cae ya no lo salvaría por su tensión, sino porque Dios lo decide en ese instante. Sus habitantes podrían deliberar, pero no actuarían dentro de una red estable de consecuencias que pudieran anticipar.

Podría pensarse que preferir un mundo autónomo no es más que una preferencia de ingeniero. Entre los seres humanos valoramos las máquinas que funcionan solas porque nos ahorran esfuerzo; pero para Dios intervenir no supone costo alguno. ¿Por qué, entonces, habría de preferir un mundo que marcha por sí mismo? Si el valor de la autonomía se redujera a la eficiencia, la objeción de los milagros quedaría en pie.

Tomás de Aquino ya se enfrentó a una versión de esta pregunta. Algunos pensadores de su tiempo sostenían que solo Dios actúa: el fuego, en realidad, no quema; es Dios quien produce el calor cada vez que el fuego está presente. A primera vista parece la posición más piadosa, pues le atribuye todo el poder a Dios. Sin embargo, Aquino sostuvo exactamente lo contrario: quitarles a las criaturas su capacidad de actuar no engrandece a Dios, sino que lo empequeñece (Suma contra los gentiles, libro III, cap. 69).

Su razonamiento parte de algo que aplicamos todos los días: conocemos a un autor por su obra. Un pintor más hábil produce mejores cuadros, y un cuadro pobre habla mal de quien lo pintó. Ahora bien, ¿qué hace que una obra sea mejor que otra? No basta con que exista; importa también lo que es capaz de hacer. Un mundo de criaturas que existen, pero no causan nada, donde el fuego no calienta, la cuerda no sostiene y nadie produce efecto alguno, sería una obra más pobre que un mundo de criaturas que actúan de verdad. Y si la obra es más pobre, también lo parecería su autor.

Pensemos en dos maestros. El primero tiene alumnos que solo repiten lo que él dice; el segundo, alumnos que aprenden a pensar por sí mismos y llegan a enseñar a otros. Ambos han transmitido algo, pero el segundo ha dado más: no solo comunicó conocimiento, sino la capacidad de producirlo. Para Aquino, esto es lo propio de la abundancia: quien posee una perfección en exceso no solo la tiene, sino que puede compartirla. Un Dios que les da a sus criaturas no solo la existencia, sino también la capacidad de ser causas, comunica un bien mayor.

Aplicado a nuestra objeción, el universo sostenido por milagros es precisamente el mundo que Aquino rechaza: uno en el que las criaturas existen, pero no causan nada. Dios podría crearlo, pero sería una obra menos perfecta que aquella en la que las criaturas son causas reales. Por eso un Dios perfecto tiene razones para preferir un mundo regular, y por eso un universo como el nuestro es esperable bajo la hipótesis teísta.

Aquí la analogía de Tesla se invierte. Para nosotros, depender de una máquina es una limitación, porque las leyes que la hacen funcionar nos vienen dadas; para el Creador, en cambio, esas leyes forman parte de la obra misma. Crear un mundo dotado de causalidad propia no es someterse a un mecanismo ajeno, sino dar existencia a algo genuinamente distinto de sí, capaz de operar conforme a un orden propio. El ajuste fino no es, por sí solo, la condición de esa autonomía —podrían existir universos regulares con otros parámetros—, pero sí contribuye a explicar el marco físico estable en el que, en nuestro universo, esa autonomía puede desplegarse.

Cabe una última réplica: quizá una intervención incesante sería precisamente una muestra del cuidado de Dios por su obra, como el mago que cada noche paga el precio de su acto. Pero un cuidado que crea deliberadamente la necesidad que luego remedia —como un padre que le rompe la pierna a su hijo para cargarlo cada día— no parece una forma superior de cuidado, sino una dependencia innecesaria. Y nada valioso se pierde con un mundo regular: las criaturas seguirían dependiendo por completo de Dios para existir, aunque sus propios poderes causales fueran reales. La tradición teísta distingue, precisamente, entre la conservación, por la que Dios sostiene continuamente al mundo en la existencia, y la intervención milagrosa, que supone una acción extraordinaria respecto del orden habitual de las causas creadas. El argumento, por tanto, no rechaza los milagros, sino la necesidad de un mundo sostenido por ellos. Al contrario: un milagro solo puede reconocerse como tal sobre el fondo de un mundo cuyo orden es, normalmente, estable.

Conclusiones

Las dos objeciones fallan por la misma razón: tratan a Dios como un mago que actúa dentro de reglas ajenas. La primera supone que los parámetros cósmicos son un obstáculo externo; la segunda, que Dios no tendría razones para elegir lo que no necesita. Ni la precisión de las constantes revela un límite del poder divino, ni la posibilidad de los milagros vuelve superfluo un universo ordenado.

Nada de esto demuestra la existencia de Dios, ni descarta otras explicaciones del ajuste fino, como la necesidad física o el multiverso. El objetivo era más acotado: mostrar que la omnipotencia no se vuelve contra el argumento. El Creador no es el escapista bajo el agua ni el ilusionista condenado a volver al escenario cada noche, sino el autor del acto entero. El ajuste fino no revela sus límites, sino el tipo de mundo que quiso hacer.

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